Suicidas en serie #4

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Una tertulia apocalíptica con el Suicida en serie

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Ayer estaba hablando con mi amigo, el Suicida en serie, sobre la actual crisis nuclear que atraviesa el mundo. Su opinión al respecto es sencilla, no poco sagaz y cautivadora: opina que el mundo atraviesa un proceso de industrialización y globalización tal, que las Pymes del suicidio (como la que gerencia mi amigo) ven con horripilante desgana cómo se monopoliza el negocio de la muerte voluntaria.

“Mire, parce -decía el emprendedor- yo he trabajado fuerte durante muchos años, leyendo filosofía, buscando motivos, dándole a mi producto la calidad precisa, la exclusividad de una artesanía, el sabor local. Un suicidio llevado a cabo con esmero incluye aprender a hacer el nudo de Jack Ketch, haber jugado con la cuchilla de afeitar, mirar las píldoras moverse en la palma de la mano, introducir con cuidado las balas en una pistola y mirarlas al fondo del cañón… ¿me entiende? Dignificar la labor, viejo. Pero llegan esos hijueputas y construyen plantas nucleares para que la gente se mate fácil y en grupo. Nos aplastaron a los que tanto tiempo nos hemos dedicado al suicidio con esmero… yo sinceramente pierdo cada vez la esperanza, me dan ganas es de vivir”. Su frente se replegaba en un ademán de seria preocupación, pero en su boca el notable puchero con que se abalanzaba afuera el labio inferior denotaba la tristeza en que se sumía su corazón de negociante amante del trabajo; el que antepone a los activos el orgullo de realizar bien su labor en función de las demás personas.

Y es que los motivos no son pocos. Según mi amigo, la filosofía de su organización se basa en que el mundo está sobrepoblado y es necesario reducir el enorme rebaño de humanos que en él habita. Su compañía está además comprometida con los serios problemas ambientales que nos abruman y por eso todos los desperdicios producidos por la acción de su negocio son destinados como abono orgánico, en beneficio de otras formas más dignas de vida. Solamente hay dos puntos que el Suicida en serie considera fundamentales en lo concerniente a sus usuarios: lo primero, que éstos sean clientes voluntarios convencidos a plenitud de lo que desean hacer -para lo cual ofrece rigurosos programas de asesoría y formación-, y lo segundo, que todo pago se realice por adelantado.

Pese a todo esto -explica él- el actual monopolio del suicidio viola todas las normas de calidad y los principios éticos de la industria. Por una parte, el uranio puede tardar para degradarse entre 200 mil y 5 billones de años, mientras que un ser humano es biodegradable en su totalidad, excepto uno que otro pedazo de plástico que trague por accidente. Además, el éxito actual de las empresas de suicidios -como la que hoy está tan de moda en Fukushima- atenta radicalmente contra la voluntad de sus clientes, ya que no se presta un proceso de asesoría serio, y por el contrario, los medios de información masiva son engañosos en lo que respecta a las consecuencias del empleo de energía nuclear en la producción de suicidios.

“¿Sabe qué es lo peor, güevón? -continuaba- que en Libia también están quebrando todas las empresas de este negocio. La apertura de mercado dejó que ingresaran a competir los gringos, los franceses y los ingleses, como si con la oferta interna no fuera suficiente. Pobre gente, parce, pobre gente”. Aquí, el suicida en serie rompió en llanto.

La lógica del mercadeo es así, desafortunadamente. La industria del suicidio se transformó rápidamente en un monopolio, desde que los pueblos comenzaron a elegir gobernantes que los asesinaran; desde que permitieron que empresas nucleares desarrollaran megaproyectos atómicos y la industria de la guerra fuera más rentable que la de la música. El mundo permite que la muerte sea un negocio, y éste ha crecido porque nadie ha hecho nada para frenarlo: un eslabón más de la cadena de valor de la industria del suicidio.

“Si esta no explota, será otra, dice sabiamente el Suicida en serie. Es importante insistir en el debate sobre el uso de la energía nuclear en el mundo, porque a este paso, mi empresa va a desaparecer”. Yo concuerdo con él, y agrego: “no sólo la suya, güevón, no sólo la suya”.