Sadismo

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Caricatura, Disque existencialismo, Literatura, Opinión, Política

Es mucho lo que perdemos al no poder desnudarnos en cualquier espacio, tener que cubrirnos siempre con algún velo confeccionado. Tendríamos, por ejemplo, una piel menos pálida y más bronceada, sería más fácil expresarle a una mujer que nos gusta (se notaría al instante). Sencillamente, en una tertulia sabatina, se quita uno la ropa y habla en pelota. Esa prohibición del Estado, según la cual no podemos salir desnudos a la calle, hace de la vanidad un deber ciudadano.

Vanidad. Y como si fuera poco que nos obliguen a usar ropa, también nos fuerzan a uniformarnos, como si todos fuéramos soldados o tombos cualquieras. Disfrazarse es fácil, sobre todo en el Planeta Jálogüin, donde vivimos camuflados entre una selva de disfraces poco originales: todos plagiando, conservando lo clásico, perpetuando la uniformidad.

Nos hace falta tener el coraje de regresar a la desnudez, recuperar el derecho a ser animales.

Si me van a obligan a vestirme, si es mi deber social y moral, no me digan cómo tengo que hacerlo: si decorar con un moño una idea, atarle una corbata en el cuello a un sueño (para que se ahorque), peinar de ladito un argumento y meterle la camisa dentro del pantalón, ponerle una boina o una capucha a mi revolución.

Porque revolución y desnudez van de la mano. Es esa conciencia de que somos vulnerables ante el mundo, esa sensación de fragilidad, que esa piel delgada siente y por eso no es necesario perforarla con balas ni quemarla con dinamita ¿cuándo entenderán eso los hombres de la guerra? Se desnuda el cuerpo y con él se desnuda la mirada, las pupilas se dilatan y nos muestran por dentro, vemos más claro todo, porque el mundo se desnuda con nosotros. Ese renovar de la mirada es la sed del mundo: millones de personas mostrándole el culo a la gente vestida, que terminará por sentirse ridícula.

Pero como hoy las utopías no le importan a los millones -de personas o de dólares-, propongo algo más realista: desnudemos la mente. O el espíritu, el alma, el yo, como cada quien vista esa parte de sí mismo. Desnudémonos y amémonos. Verán como nos iremos encontrando todos los impúdicos militantes de la Tribu de la desnudez invisible.

¿Qué mejor rebelión que ser? Quitarse el disfraz y hacer parte del espejo que la sociedad tiene en el baño, donde se ve las estrías, los gorditos, las várices. Revolución estética… darle una vuelta a eso que llamamos belleza, para darnos cuenta que no está en las cosas ni en las personas, sino en la relación que establecemos con ellas. Seamos bellos y bellas, desnudos, mirando que son más las cosas en que nos parecemos, y que la mayoría de las diferencias están de la piel para afuera.